viernes, 15 de junio de 2012

Continúan los testimonios

Ayuda a otras víctimas a volver de la tortura
Pedro Justo Rodríguez la padeció en 1976.  Integra una fundación en Gran Bretaña.

"El duelo de la tortura se elabora; (esto ocurre) cuando se toma conciencia de que la personalidad ha sido invadida o violada por algo inesperado", dijo ayer Pedro Justo Rodríguez, quien vino desde Gran Bretaña -su lugar de exilio- para atestiguar en el juicio por delitos de lesa humanidad, por su secuestro y tormentos en 1976.

En Gran Bretaña, Rodríguez integra una fundación dedicada a la atención médica de las víctimas de la tortura, "no para patologizarlo" -aclaró- sino para dar un acompañamiento que le sirva a la víctima para continuar con su vida, debido a una fuerte sensación psíquica "de estar separado de la realidad".

Rodríguez era secretario de Gobierno de Cinco Saltos cuando fue sacado de su casa una semana después del golpe militar.

Fue llevado a la comisaría de Cinco Saltos, desde allí a la unidad policial de Cipolletti, trasladado a la Unidad 9 como preso político, interrogado a los golpes en la delegación neuquina de la Policía Federal, trasladado a Rawson, vuelto a traer a la U9 de Neuquén para ser torturado en el centro clandestino que funcionó en el Batallón neuquino, y finalmente devuelto a Rawson desde donde logró salir hacia el exilio en abril del año siguiente por una intensa campaña de Amnesty Internacional.

Su testimonio abrió las jornadas del juicio ayer, que fueron presenciadas por los comisarios rionegrinos Alberto Camarelli, Desiderio Penchulef, Miguel Ángel Quiñones y el teniente coronel que intervino la policía neuquina en 1976, Osvaldo Laurella Crippa.

Rodríguez describió que el primer interrogatorio fue "humillante", aunque sin golpes, en la comisaría de Cipolletti, de manos de Miguel Ángel Quiñones.

Luego fue interrogado en la delegación neuquina de la policía Federal, donde el subcomisario Soza le recomendó, que "hablara" o le iban a poner la picana en el yeso que tenía en el brazo.

Allí un hombre de "impecable blazer azul" y Raúl Guglielminetti le hacían preguntas entre trompadas.

Describió las torturas padecidas en "La Escuelita" de Neuquén, dirigidas por un interrogador que se hacía llamar "Pedro".

Con aplicación de picana eléctrica "insistían en colectar información que no tenía importancia", dijo Rodríguez.

Sostuvo en el mismo sentido que en una de las sesiones en las que "estaba muy confundido" y con su cuerpo "cansado de la tortura", llamaron a un "tordo" para que verificara si estaba simulando el desmayo, ya que no hablaba, como abatido.

Recordó haber compartido la celda con Javier Seminario durante la estadía en la Unidad 9, junto con Carlos Kristensen.

Durante los tormentos en "La Escuelita", recordó haber compartido el cautiverio allí con Francisco Ledesma, Isidro López, José Luis Cáceres y unas mujeres de Entre Ríos.

Sostuvo que en varios tramos de su secuestro ilegal hubo otros golpes "pero no buscaban información, pegaban por placer".

Puso como ejemplo la paliza sufrida por los presos políticos que fueron trasladados en avión, vendados y esposados, hasta el penal de Rawson, donde con saña hubo golpes para "un sobrino de exgobernador Requeijo y para Luis Almarza, sólo porque era gordo".
 
"Él me daba ánimos"
Graciela Inés López, detenida desaparecida en "La Escuelita" de Neuquén en noviembre de 1976, respaldó ayer el testimonio de Pedro Justo Rodríguez y aseguró haber estado en el mismo lugar de torturas.

"Era un muchacho de San Juan, escuchaba los padecimientos que sufría cuando volvía de la tortura", dijo López, en tanto agregó que "al estar atada y vendada, percibía sensaciones, y él me daba ánimos", dijo.

La testigo declaró por videoteleconferencia y no conoce a Pedro Justo Rodríguez -que es mendocino-, pero el episodio fue coincidente y recordado por ambos. Rodríguez dijo haber recibido una brutal paliza por haber dado aliento a unas mujeres de Entre Ríos a los que se les atribuía el asesinato de un militar en Paraná, Cáceres Monié.

Otro duro testimonio
 "Trato de olvidar porque quiero vivir", dijo ayer Juan Isidro López, hoy de 81 años y soportando las secuelas de las torturas a que fue sometido en "La Escuelita" de esta ciudad y el largo encierro en las cárceles federales, la local U9 y la U6 de Rawson.

López era dirigente del sindicato de Luz y Fuerza de Río Negro y Neuquén y vive en Cipolletti, en el mismo lugar de donde lo secuestraron junto a su esposa, ya fallecida, efectivos de la policía de Río Negro.

"Los problema en el ojo son porque me metían los cables -de la picana-, y creo que ya no lo voy a solucionar, pero los urinarios sí, porque me está tratando un urólogo", relató respecto de las huellas físicas que le dejó el castigo recibido.

Acusó de la muerte de su esposa a los secuestradores, porque dijo que nunca se pudo recuperar de las golpizas que recibió. "Ella me contó que le 'habían dado muy fuerte' porque creían que yo era montonero".

Señaló que nunca le dijeron por qué lo tuvieron detenido y reivindicó su condición de gremialista y militante peronista.

"He venido a declarar, a mis 81 años, porque quiero colaborar con la justicia, para que sepa la verdad y haya castigo", indicó.

También declaró su hija Juana Esther, quien al momento del secuestro de sus padres tenía 14 años y relató -se quebró por la emoción- el calvario propio y el de sus padres durante y después de sus secuestros.